Todos hemos vivido ese momento en que el bebé llega dormido a casa después de un paseo o haber estado en cualquier sitio. Y por nada del mundo queremos que se despierte, para disfrutar de un rato más de paz y sosiego. ¿Quizás logremos por fin ver el capítulo de Walking Dead pendiente de hace 5 semanas?
Si es ya de noche, no es plan de que duerma con la ropa de calle, claro… así que toca ponerle el pijama, antes de acostarlo definitivamente. Y aquí llega la gran prueba, sólo apta para personas con hielo en la sangre y un pulso firme: cambiarlo sin que se despierte. No es nada fácil; los calcetines, el pantalón… eso bien.
Pero… ¿y el body? ¿tener que pasarlo por su cabeza? ¿girarlo sin que se entere? En esos momento siempre me viene a la cabeza esta escena. Cambia el ídolo de la imagen por un pijama, y básicamente esa es la cara que pongo, y los mismos sudores fríos ante tal momento de tensión:

¡Yo no lo he conseguido nunca!
¡Yo sí! Y te sientes winner total 😀
Pues intenta hacerlo ademas con la luz apagada……
Por no hablar de pasarlo del carrito, que es donde se dormía, a la cuna.Era tumbarlo y abrírsele los ojos tal cual Chucky……
Era la imagen que se me venía, Garchuu. Cuando llegas de la calle, está en el cochecito dormidita, quieres ponerla en su cuna… y ¡plaf! Ojos abiertos como platos. Lo malo es que una ya había hecho planes de sofear un ratito… y se van al garete 🙁