vacaciones playa o montaña

De vacaciones con niños: ¿mejor playa o montaña?

A Súper Mario le gusta la playa más que a nosotros

Ya estamos a punto de llegar a julio, y vienen las semanas en la que muchos de nosotros vamos a disfrutar de nuestras vacaciones de verano, como cada año. Y como siempre, surge la pregunta clásica: ¿playa o montaña? (vale, hay más alternativas: zonas del interior, viajes internacionales, conocer grandes ciudades…), pero en este post analizaremos las dos propuestas más clásicas.

En nuestro caso (tanto “M” como yo coincidimos), la respuesta está clara: somos de montaña. O, dicho de otra forma: no nos gusta nada la playa.

Por mi parte, todos los veranos de mi vida (hasta ahora han sido 32), he veraneado siempre en un pueblecito de la provincia de Tarragona (no, no es Salou ni Cambrils). Y aunque de pequeño me gustaba ir, ahora me parece lo más aburrido del mundo. Afortunadamente, por primera vez, ya no disponemos del apartamento que siempre hemos tenido ahí, así que a partir de este año, somos libres de elegir destino (de acuerdo, antes también lo éramos, pero ya sabéis: cuando tienes un apartamento gratis en un sitio, es más cómodo ir a lo fácil…).

Así que toca coger el coche y movernos a la montaña, para estos viajes largos es necesario encontrar una silla de coche segura y adaptable, sobre todo para que los niños puedan descansar durante el viaje con comodidad.

3 motivos por los que no nos gusta la playa:

1. Es aburrido.

Veamos, una jornada normal en la playa podría ser así: por la mañana y por la tarde vas a la playa. Una vez ahí, a mucha gente le gusta quedarse tumbado sobre una toalla y pasar el rato. ¿En serio esto es divertido? ¡No puede ser más aburrido!

Uff, ¡qué pereza estar ahí!

Vale, yo pensaba: bueno, para no aburrirme, me cojo un libro o una consola portátil. Bahhh, nada. La consola no se ve bien, con tanto sol deslumbrando, y además hay claro peligro de arena por las ranuras. Y leer, tampoco leo a gusto bajo el sol, por lo mismo: exceso de luz, incomodidad, gritos de niños…

Tampoco bañarse en el mar es algo especialmente divertido; quizás de niño sí, que haces mil cosas… pero de adulto, un chapuzón y poco más. Y tomar algo en el chiringuito, por lo menos en nuestro caso, no nos llena especialmente de diversión.

Cuando veo que se acerca el verano, y mucha gente dice tener muchas ganas de “playita y solecito”, me corrompo entero.

2. El paseo hasta la playa.

A menos que tengas el apartamento en rigurosa primera línea, es habitual tener que caminar hasta la playa, por lo menos diez minutillos. En mi caso, el apartamento estaba en el interior, así que podía llegar a veinte minutos.

Estamos hablando de 20 minutos andando bajo un sol aplastante, cargado con bolsas, petates, accesorios hinchables, los juguetes del niño, unas maletas para los frikis de Harry Potter, bebidas… vas cargado como una mula y se convierte en un auténtico suplicio. Para rematar, llegas a la playa, y tienes que andar un rato por la arena, convirtiéndose cada paso en una tortura, con los pies hundiéndose cual arenas movedizas.

3. Ese calor constante.

Sea por la mañana, por la tarde, por la noche… ¡un calor asfixiante! Y algo que es aún peor, ¡la humedad!

Si vas a pasar unos días en la playa, ya sabes lo que te toca si tienes el pelo un poco largo: ir estilo afro nigger durante todo esos días. Es lo que hay. En la montaña, quizás por el día sí, ¡pero por la noche hace un fresquito bien majo!

4. Si tienes perro, mala idea.

Es nuestro caso. Vamos de vacaciones con Nymeria, como debe ser (a no ser que vayamos a algún destino a hacer turismo y entrar en sitios, vamos con ella). Y claro, los perros no aguantan el calor: hay que pasear muy temprano por la mañana, y luego ya de noche. Mientras tanto, como no admiten perros en las playas, y tampoco estaría a gusto con ese solazo, todo el día que se pegaba la pobre encerrada en el apartamento… ¡pobrica!.

5. Si tienes niños (muy) pequeños, peor idea…

… porque entonces sí que olvídate de la posibilidad de leer o estar tumbado. Todo el rato pendiente de que no coman arena, vayan a dar palazos al vecino de toalla, o se vayan directos al agua sin saber nadar bien. Ahí toca estar todo el rato pendientes, con las orejas erguidas cual animal asustado, bien atentos a que no la líen. Esto es aplicable a niños de 12 meses o edades similares; quizás de algo más mayores, no es tan infernal el asunto (aún no lo sé).

Excursiones por el bosque, ¡molan!

Y no puedo por último mencionar el hecho de estar las 24 horas del día con granitos de arena por todas las partes del cuerpo, ¡puaj!

Dicho todo esto, tengo que decir que, desde el punto de vista de un niño, ir a la playa sí que es divertidísimo (yo así lo recuerdo), y que, aunque este año no será así, seguro que más de un verano vamos con Mario a alguna playa, para que juegue a todo aquello que nosotros jugamos de pequeños: hacer castillos, bañarse, cavar agujeros, o ir a coger cangrejos a las piedras del final de la playa. Y estoy deseando compartir estos momentos con él.

Pero visto lo visto, somos más de montaña: que refresque un poco por las noches, excursiones por senderos y bosques, cruzar ríos, merendolas bajo un pino, búsquedas de tesoros con brújula, quizás pasar una noche a la intemperie de acampada, poder llevarnos a Nymeria con nosotros… ¡y sin arena que se meta por todas partes!

¿Y vosotros, de qué sois?

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